El escapulario, la flor y la lágrima para el muerto

La carrera 51, Bolívar, entre la calle 68 y la 70 A, está decorada con la fachada del cementerio San Pedro, allí esperan las personas que acompañan a los difuntos, los visitantes y  vendedores que decoran la muerte, al otro lado hay una hilera de  flores de todos los colores, jóvenes ejercitando su cuerpo y algunos habitantes de calle.

El 10 de abril Medicina Legal registró  8 muertos en  Medellín. A las 11 de la mañana del día siguiente, Jhon Alexander, uno de los fallecidos lo acompañaba su familia por la carrera Bolívar para ser sepultado.

–         Luis, ya pusieron las lista de los muertos en el obituario

–         Sí, ¿cuántos son?

–         15, 13 enterrados y dos cremados. Mire ya llegó el primero, hay dos para las once.

Luis Pérez, el de los mangos, coloca su puesto desde hace 30 años en la salida del Cementerio, de allí ve entrar muertos y salir huérfanos, viudas, personas desoladas que  mitigan su dolor con las lágrimas.

“Me gusta este lugar, es mi casa. Porque lo único seguro es esto, la muerte y el cementerio donde vamos a quedar”, mientras Luis  habla de cómo desea su sepultura, una muchacha llora sin parar en los brazos de su mamá. Ha dejado a su hermano en una bóveda, acompañado por flores artificiales que vende Teresa Corrales, en un puesto que le dio la Alcaldía hace 8 años, de los 18  que lleva en el lugar.

Teresa empezó vendiendo novenas después de que mataran a cinco de sus seis hijos: “al principio me daba muy duro estar en esta calle, ver a niños gritando para que no enterraran a su mamá… Uno se va como endureciendo o mejor,  uno se vuelve más consciente de la realidad”.

Al frente de Teresa están los que también venden flores que llegan desde San Cristóbal,  El Carmen de Víboral, Santa Elena y hasta de Bogotá, según cuenta Iván Londoño que con su cuñado Guillermo Atehortúa tienen su puesto de flores desde hace 50 años. Ambos decidieron sembrar tres Laureles a los lados del tramo de calle donde se ubicaban: “nos costó más la traída de los árboles desde el Poblado que los mismo árboles. Los tres nos costaron cinco mil hace 11 años y el transporte seis mil” cuenta Iván.

A las cuatro de la tarde otro fallecido es transportado por la carrera 51, detrás del carro de la  Funeraria, viene un Mazda, dos buses y otro que pita para que lo dejen pasar, es la ruta del Popular dos que está acelerada.

Para Guillermo la venta de flores aumentó entre los años 80 y 95: “La época de “pablito” fue muy buena”, dice Iván, por su parte Guillermo afirma que“lo que pasaba era que esos mafiosos compraban unas canecadas de flores cada ocho días”.

Para Teresa las ventas se merman cada día “el arriendo está aumentando, pagamos 65 mil y empezamos con 24 mil, además la situación económica no está para decorar tumbas”.

Esta calle les da a los vendedores el sustento para vivir, pero también les trae unos cuantos ataúdes, lágrimas, ropa oscura y uno que otro día serenatas y bullicio de los  hinchas del Nacional o el Medellín que vienen a despedir a un fanático de la barra.

“La muerte es un negocio, para morir se necesita plata, si no deja embalados al resto de la familia. Si no hubiera muerte, no habrían funerarias, no existiría este cementerios, así como si no hubieran ladrones, no existiría el Inpec, ni las cárceles y no habría chapas para las puertas”, explica Teresa.

(Este artículo fue publicado en el periódico Contexto de la UPB)